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Procés a la bruixa (1973) Acrílic sobre tela.88 x 129 cm.Col.Ajuntament de Balaguer.Museu de la Noguera.

UNA BRUJA DE LOS AÑOS SETENTA
Cuando te enfrentas a la obra de Alcoy hay que reconsiderar denominaciones como surrealismo y onírico, porque aunque la sintaxis del autor sea surrealista y el argumento proceda generalmente de pesadillas personales y colectivas, sólo hasta cierto punto se percibe ese estado de creación automática que parece acompañar la liberación de la subconsciencia y convocar los sueños a la superficie de los días y los lienzos. Decía Breton que el hombre que no pueda imaginar a un caballo galopando sobre un tomate es un idiota, pero una cosa es la suma perceptiva de un caballo y un tomate y otra el supuesto de elementos no del todo desvelados que la han sublimado. Dejemos a los psicoanalistas buscándole el por qué al caballo y al tomate, porque para el pintor ante todo cuenta el desafío de cómo pintarlo y muchas veces viaja al fondo de su subconsciencia o ensueña más que sueña para pintar, no al revés. Para el pintor la obra no es una terapia sino el control técnico, artificioso, de su capacidad de elegir composiciones, colores, perspectivas, espacios, con o sin argumento.
     En Procés a la bruixa, pintado en 1973, acrílico cobre tela, hoy en el Museo de la Noguera de Balaguer, la víctima permanece arrinconada en un espacio ocupado por geometrías amenazantes y entre otras geometrías se ha colado la premonición de la muerte, una calavera que simbólicamente traduce el fin absoluto de algo positivo. Recuerdo que por aquellas fechas Alcoy solía convocar el imaginario de la muerte en sus pinturas y dibujos y yo mismo colaboré con él en una carpeta sobre el rostro de la muerte, mediante un poema que más tarde incluí en Pero el viajero que huye. Si evocamos aquellos años terminales del franquismo entre terrorismo de estado y lucha armada, en los que se recuperaba el tono persecutorio de los primeros veinte años de la dictadura, se explican las obsesiones de Alcoy y se hace evidente que no le brotan inmotivadamente de las cavernas del subconsciente. La bruja de Alcoy no es la bruja de Jung, vista como proyección del ánima masculina, es decir del aspecto femenino primitivo que subsiste en el inconsciente del hombre “...esa sombra rencorosa de laque los hombres apenas pueden librarse y se convierte en una potencia temible”. Ese componente propio y contrario amenazante que en las mujeres se traduce en el miedo al brujo visto como macho cabrío. Alcoy recoge el mito como metáfora de la persecución de la diferencia, lo historifica por lo tanto y no sólo para la vivencia histórica concreta del franquismo, sino como constante de la persecución repetida contra lo diferente.
     La deconstrucción geométrica de Alcoy no es un juego de perspectivas, o una búsqueda de la esencialidad geométrica de todo lo existente según la presunción cubista sino una exigencia expresionista condicionada por el dramatismo del argumento. Sin embargo, no puede decirse que Alcoy sea un pintor argumental exclusivamente pendiente de contar una historia que condiciona la estrategia pictórica. El argumento es en su caso el hecho de conciencia que moviliza la operación de pintar y el pintor me sirve como pocos para explicar esa tensión que percibo en la pintura contemporánea desde que atravesó el espejo del formalismo convencional mediante el cubismo: la tensión entre la geometría y la compasión que evita la caída en la deshumanización. En este campo, territorio donde todas las coordenadas y los planos se unifican, nada ha sido pintado al azar, sino que el azar ha sido consecuencia de una necesidad de protestar contra la crueldad y expresar la solidaridad con el hereje.

Manuel Vázquez Montalbán.

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Eduard Alcoy  

Eduard Alcoy, 2008